miércoles, 30 de diciembre de 2015

La Cosa Kostra: Capítulo IV

Soy consciente de que después del parón del blog las posibilidades de que alguien siga el hilo de esto y esté interesado ya son mínimas. Pero eh, por si acaso, click aquí para el capítulo anterior.


La sede de Cambio situada en Romo no era gran cosa. Apenas tenía una estancia con un mostrador en el que se ofrecían caramelos, folletos y demás información, y una trastienda consistente en una estancia pequeña y un baño.

En la estancia de la trastienda había un par de colchones en el suelo por si la situación lo requería, y una mesa alrededor de la cual estaban dispuestos varios miembros de la Cosa Kostra.

Aitor Hernández, como don, presidía la mesa. A su derecha se encontraba Iker Celaya, y un poco más allá Mikel Amorrortu, un joven punk cuya cresta rubia se mantenía en pie para sorpresa de todos. Estaba bajo el mando de Celaya.

—Contadme entonces—dijo Hernández.
—Tengo un colega en Gazte Komunistak—explicó Mikel—. Su vieja trabaja limpiando casas, y una de las que limpia es de uno de los principales directivos del BBVA. El caso es que la segunda semana de junio se van de vacaciones, y dejan el chalé vacío. Está en la zona del Duranguesado, no hay un alma en unos cuantos kilómetros a la redonda.
—Interesante. Muy interesante.
—Si no te molesta, jefe, queremos ocuparnos de esto personalmente—intervino Celaya—. Yo entiendo un poco de esas cosas, y el chaval, aquí presente, quiere venir. Al ser algo gordo, hemos pensado que igual querías intervenir un poco en el plan…
—Sí, has hecho bien en decírmelo. Es algo serio, quiero asegurarme de que se hace correctamente. Podéis ir cinco, que es lo máximo que entra en un coche, sin levantar sospecha. Yo me ocupo de escoger a dos en los que depositar mi confianza. Vais vosotros dos y otro que esté bajo tu mando, Celaya. ¿Te parece bien?
—Perfecto.

Los hombres se dieron la mano.


Lo primero que hizo Eneko al entrar al Gudari fue saludar a su capo, Asier Osegi.

—¡Hostia, Eneko!—el capo le abrazó y le dio unas palmadas en la espalda—¿Ya te han retirado el castigo?
—Sí, ahora que ha acabado el curso y he aprobado todo mis aitas se han ablandado un poco. Pero siguen rallándome mucho por la denuncia ésa.
—¿Has hablado con Gutiérrez? ¿Qué tal lo llevas?
—Sí, en principio pinta un poco jodido pero aún así lo llevo mejor con Josu. La movida es que él llevaba el bate y le dio la paliza al hijoputa ése con él y eso, pero yo iba desarmado. Y encima soy menor, claro. Así que un poco mejor.
—Bien, bien. ¿Has visto lo del otro tío ese de NNGG? Igual te ayuda con lo tuyo.
—No, ni idea. ¿Qué ha pasado?
—Mariano J. Bernal, de las NNGG de no sé dónde. Puso una denuncia diciendo que en las manis éstas por la abdicación de Juancar unos republicanos le habían dado una paliza, pero ha resultado que era mentira.
—Joder. Qué cara más dura.
—Sí, a ver si así se piensan lo mismo de el vuestro. En fin, mañana por la mañana pasa a buscarme a Romo y te doy tu nueva ruta para que vayas recogiendo dinero, ¿vale?
—Claro. Venga.
—Venga, chaval.

Eneko se alejó en dirección a la barra mientras Osegi le contemplaba dando sorbos a su cerveza. Era buen chaval, aunque seguía resultándole un poco ridículo que la Cosa Kostra admitiera a miembros de 17 años que podían ser castigados por sus padres.


A la noche, un coche cruzaba la carretera. Maitane Lamikiz conducía, con el capo Iker Celaya de copiloto. En los asientos traseros viajaban Josu Etxebarria, Mikel Amorrortu y Luis Andikoetxea, un punk que empezaba a encontrarse demasiado mayor para sus excesos con las drogas y la violencia, pero en el que Celaya confiaba plenamente.

Un chalé solitario se recortó contra el cielo nocturno. El coche aparcó cerca y los cinco jóvenes salieron sin decir ni una palabra. Los gorros de las capuchas y los pañuelos palestinos cubrieron sus caras en unos segundos, y echaron a andar hacia el edificio, cargados con mochilas.

Celaya se adelantó, extrayendo un artefacto de su mochila. Rodeó el chalé escudriñando la oscuridad, hasta que finalmente encontró una alarma. Se acercó con cuidado y colocó el aparato al lado. Después arrancó el timbre de la alarma.

—Ya está. La alarma está neutralizada, podemos hacer el ruido que queramos.

Dicho esto, dio un fuerte puñetazo a la ventana más cercana, con la mano protegida por un guante de cuero. El cristal se rompió al momento, y Celaya entró.

—¿Qué era ese trasto?—preguntó Mikel, entrando tras él.
—Un inhibidor de frecuencias. Bloquea todo tipo de señales: radio, bluetooth, GPS… la alarma nos ha detectado, pero no puede avisar a la central.
—¡Joder! ¿Eres de la CIA o qué?
—¿Estás de coña? Sólo hay que buscar en Google “comprar inhibidores”. Haz la prueba.

Los cinco se repartieron por la casa, equipados con linternas.

—Bien, lo primero es ocuparnos de los objetos más pesados. La tele, DVD, igual tienen Play o algo.

Celaya y Andikoetxea comenzaron a cargar una gran TV entre ambos. Amorrortu se ocupó del DVD.

—Aquí tienen una tablet—comentó Josu, metiéndola también en la mochila.
—Voy a buscar las joyas—dijo Maitane, desapareciendo por el pasillo.

En apenas unos minutos, ya habían hecho su primer viaje al coche, y el maletero estaba casi lleno.

—No tengo ni puta idea de trajes—comentaba Amorrortu en la habitación—. Estoy seguro de que alguno de éstos tiene que valer más de 1000 pavos, ¿pero cuál? ¿Cuál?
—No sé, tu coge uno al azar si eso, total, vamos a sacar dinero de sobra…—le respondió Maitane mientras revisaba debajo del colchón—Un momento. Aquí hay algo. ¿Tienes navaja?
—Toma.

La joven cogió la navaja y rasgó el colchón. Había una bolsa de plástico dentro. Fue tirando, dándose cuenta de que ocupaba prácticamente la totalidad de la superficie de la cama.

—Hostia puta… Hostia puta… ¡Hostia puta!
—¿Qué pasa?

Amorrortu se giró para ver una bolsa transparente llena de fajos de billetes de 500 €. Luego iban bajando a fajos de 200 y de 100.

—¡Joder! ¡No había visto un billete de esos en mi puta vida! ¡Normal, este cabrón los debe de tener todos!

Maitane sólo contemplaba la bolsa mientras movía los labios en silencio, haciendo cálculos.

—370.000… Debe de haber unos 370.000 €. Jodeeeeeer. Vamos a llevarlo para el coche, rápido.
—Cualquiera diría que siendo un banquero importante y pudiendo cobrar millones legalmente no necesitarías tener también dinero negro, ¿eh? Hijos de puta avariciosos.
—Igual no es en negro, igual sólo es efectivo…
—Sí, y una polla.
—Es verdad, qué cojones. Seguro que es dinero negro. Mejor, así si denuncia el robo sólo podrá denunciar la puta tele y cuatro chorradas más.

Los objetos se siguieron cargando. Joyas, otra tablet, un cuadro que parecía valioso, un ordenador portátil, unas cuantas botellas de vino de varias décadas de antigüedad. Josu decidió coger también unos zapatos de mujer para regalar a su madre, que no debían de ser excesivamente caros pero le parecieron bonitos.

—Bien. Hora de irnos.

Los cinco salieron y fueron yendo hacia el coche llevando las últimas mercancías; sólo Celaya se quedó algo atrasado, sacando una botella y un paño.


Cuando los cuatro ya se habían metido en el coche, Celaya prendió fuego al cóctel molotov y lo tiró por la ventana abierta, para después salir corriendo. Se alejaron satisfechos mientras el chalé ardía.

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