miércoles, 10 de mayo de 2017

La Cosa Kostra: Capítulo XXII

Venimos de aquí


Era una noche tranquila y bonita en Gernika. Habían sido Carnavales, y una joven volvía a casa después de una buena fiesta. Pese al frío, llevaba las piernas desnudas, como parte de su disfraz, cosa que empezaba a hacerse muy incómoda ahora que el alcohol comenzaba a desaparecer de su organismo.

Pasaba junto a un seto cuando algo la distrajo. Un silbido, a su izquierda. Miró y vio a un hombre algo borracho.

—¿Tienes fuego, guapa?—le dijo.
—No—respondió la chica, y continuó andando.

No llegó muy lejos. El hombre se abalanzó sobre ella y la agarró de la muñeca, arrastrándola detrás de los setos. Sus gritos no sirvieron de nada.


Cuando Osegi entró al Gudari, Hernández ya estaba sentado allí, junto a Martín. El capo se acercó a su jefe y le saludó.

—¿Qué hay, jefe?
—Había quedado aquí con González para debatir sobre el tema de la Guardia Civil y el del topo. ¿Y tú?
—He venido a hacer un trato con Jacinto, ya que estaba me paso por aquí. Se encargará de distribuirme unos huevos de hachís.
—¿El que te vende Mohammed?
—Sí. La mayoría le doy salida por mí mismo y por mis soldados, pero últimamente está la cosa un poco jodida y he pensado que Jacinto podría ayudar bastante a distribuir, aunque perdamos 30 ó 40 euros por el beneficio que se lleve.

Hernández asintió, satisfecho.

—Veo que eres bueno aprovechando contactos que te he presentado yo para cambiar estrategias sobre la marcha. Ésa es buena cualidad en un capo. Sigue así.

Osegi sonrió orgulloso. En aquel momento, una joven entró en el bar. Era una chica asiática, delgada, de mirada firme. Tendría unos 19 años de edad. Los allí presentes apenas la conocían de vista: era Shui, una de las soldados de González. Se podía decir que era uno de los cargos más bajos de la familia, tal vez por su juventud: aún no había participado nunca en alguna paliza, pelea u operación arriesgada, se limitaba a recoger el dinero de su ruta.

—Necesito vuestra ayuda—dijo con cierto tono de ansiedad en su voz.
—¿Qué ocurre?—preguntó Hernández.
—Han violado a una amiga mía, en Gernika. Quiero a ese cerdo muerto.


Maitane se encontraba sola en el local de Romo cuando entró Eneko.

—¿Hay botiquín por aquí?—preguntó con prisa.
—Tenemos algo de alcohol. ¿Por?
—Le han desgarrado la oreja a Adri, el soldado de Chapa… como estaba por aquí cerca nos ha pedido ayuda.
—¿Y eso?
—Una pelea con unos fachas, le han enganchado del pendiente y se lo han arrancado.
—Claro. La putada de pelear siendo kostra, nadie nos avisó de que nos pasaría eso.

Maitane le tendió un pequeño frasco de alcohol que al menos sirviera para desinfectar la herida. Eneko lo cogió agradecido.

—Ah, a todo esto, ya que hablamos de Chapa, ¿recuerdas la idea que tuvo de pagar a manteros para que fuesen nuestra fuente de información?
—Me suena, sí. No sabía que la idea llegó a cumplirse.
—Sí, y ha funcionado por primera vez. Uno nos ha encontrado al violador que buscábamos. Al que violó a la amiga de Shui.
—¿En serio?—preguntó Maitane.
—Sí, me lo acaba de decir Osegi. Está en su piso atendiendo a Adri y ahora viene para aquí, él te lo podrá explicar mejor.
—Bien. Yo me ocuparé del violador.
—¿Ocuparte? ¿Ocuparte de…?
—Sí.
—Nunca…—Eneko titubeó—Nunca has matado a nadie, ¿no?
—Siempre hay una primera vez.


Maitane llevaba el gorro de su abrigo puesto por encima de un pasamontañas, de manera que no se veía ni un resquicio de su rostro. Tenía también puestos guantes, para no dejar huellas. Ambas cosas, por suerte, no llamaban mucho la atención en una noche de febrero en Gernika.

El hombre caminaba unos pasos por delante, ajeno a su situación. Había sido una suerte encontrarle antes que la policía. La muerte era algo curioso, pensó Maitane. A todos les llegaba: a gente buena, como su padre, también. A la gente que no merecía vivir, entonces, tenía que llegar lo antes posible.

La pistola brilló por un segundo a la luz de una farola cuando Maitane la sacó. Se oyeron dos disparos y el violador se tambaleó antes de caer hacia delante.

La soldado dejó caer el arma y corrió hacia el cuerpo aún vivo, consciente de que no tenía mucho tiempo. Pero tenía que dejar un mensaje. El mensaje era importante.

Con rapidez, sabiendo que era probable que algún vecino ya estuviese asomándose a la ventana, pese a ser una zona no muy poblada, extrajo un cuchillo de su pantalón al tiempo que se agachaba.

—Vas a saber que se siente—susurró.

Introdujo el cuchillo con fuerza en el recto del violador, penetrando hasta el intestino sin ningún problema, y lo retorció. El hombre intentaba gritar, pero su voz se perdía entre la sangre que estaba tosiendo, al haberle alcanzado en el pulmón una de las balas.


Terminada la acción, Maitane se incorporó y salió corriendo. Un coche la esperaba cerca. No hubo testigos.

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