miércoles, 9 de agosto de 2017

La Cosa Kostra: Capítulo XXV


“El cuerpo del joven de 17 años Eneko Arrola, desaparecido hace 9 días, ha sido localizado esta mañana en el campo, a pocos kilómetros de la localidad vizcaína de Gabika. Debido a las extrañas circunstancias de su muerte, la Ertzaintza ha declarado que se le practicará la autopsia, y rastrearán los alrededores en busca de posibles señales que indiquen si acudió al lugar solo o en compañía.”


 —Hernández y Martín están esperando en el coche. ¿Vienes?
—No, estoy esperando a Etxebarria. ¿Y González? ¿Están todos ya?
—No, González se ha ido a Madrid, tenía que ir a un debate televisivo de La Sexta Noche o alguna cosa de ésas sobre la ilegalización de partidos.
—Vale, entonces falta Etxebarria, ¿no? Id yendo, le espero.

El Gudari estaba bastante agitado. Especialmente porque no solía pasar que más de dos capos coincidieran allí la misma noche, mucho menos cuatro de ellos. Pero habían quedado en ir juntos a Burgos a presentar sus respetos en el funeral de un miembro de la Cosa Kostra asesinado.

Es cierto que no había mucha conexión entre las diversas familias de la Cosa Kostra, más allá de algún pequeño contacto (la mayoría de ellos a través de Daniel Barrios, que sorprendentemente se las arreglaba para viajar por todo el Estado sin ser detenido), y alguna ocasión especial como la manifestación por la legalización en noviembre de 2014.

Y no era la primera vez que un miembro de la Cosa Kostra moría. Pero sí era la primera vez que era asesinado por sus enemigos, y aquello cambiaba mucho las cosas. Al parecer, le rodearon entre tres nazis. Tres navajazos en el abdomen y uno en el brazo, probablemente hecho al intentar defenderse. Contusiones por prácticamente todo el cuerpo. Llegó al hospital, pero apenas vivió unas horas más.


—¿Creéis que el asesinato de Eneko tiene algo que ver con la del otro tío de la Cosa Kostra de Burgos?—preguntó Ariane.

Ariane, Adri y Jon, los tres soldados de Inés Chapa, se encontraban en un coche en dirección a Erandio. Ariane (la mayor de los tres, ya treintañera) era la que conducía.

—No sé—Jon se encogió de hombros—. Hernández no ha comentado mucho sobre la muerte de Eneko, y Osegi tampoco. Es todo muy raro. ¿Pudo caerse mientras iba él solo al monte?
—No jodas, no puede ser. Dicen que no tiene heridas aparte de las de la caída, pero sería muy raro, ¿no? ¿Y qué hacía allí él solo?
—Tendremos que esperar a que decidan cómo va la vendetta. Habrá vendetta, ¿no? No podemos imitar a la mafia italiana y no tener vendettas.
—Tú tienes que estar a la altura de tu nuevo rango, Ariane—bromeó Gorka—. Ya que ahora puedes hacer más cosas que recoger la recaudación, aprovecha.
—No sé si me veo matando a alguien. De forma objetiva, hablándolo, puedo decir que los nazis responsables merecen morir. Y me parecería bien que murieran, y lo aplaudiría. Pero no sé si yo sería capaz de matarles personalmente.
—Bueno, supongo que con los años tendremos ocasión de comprobarlo.


Aitor Hernández y sus cinco capos se encontraban sentados en torno a una mesa redonda. El olor a tabaco inundaba el local.

—Conocéis la situación. No hay manera posible de que los de Burgos puedan hacer nada contra los nazis: son pocos y tienen poco poder. Por cercanía, tenemos que ser nosotros los que nos ocupemos de las represalias.
—Sabemos quién es, ¿no?—preguntó Chapa.
—Le conocen desde hace años, aunque a sus colegas no. Acaba de cumplir 19, tiene una cruz céltica tatuada en el brazo. En la calle le conocen como el Largo, y en Twitter es HonorTemplario88. Su nombre real no se sabe.
—Bien. ¿Dónde podemos encontrarle?—preguntó directamente Celaya.
—Vive en Burgos capital, se supone, pero no saben dónde. Lo único que se sabe es que ahora, aprovechando la Semana Santa, va a ir a una especie de campamento de juventudes patriotas o algo así. La mierda más nazi que podáis imaginar.
—Entonces le tendremos localizado durante unos días, ¿no? Tendremos que aprovechar esa oportunidad.
—Es la mejor oportunidad para localizarle, sí, pero no podemos hacer nada. Asumamos que habrá más de una docena de nazis de entre 16 y 22 años, y tres o cuatro mayores como monitores. No podemos acceder al Largo, estará totalmente protegido.
—A menos…—murmuró Celaya—A menos que le matemos a todos. No sólo a él.

Osegi soltó una pequeña risa. Después su expresión cambió completamente, cuando comprendió que Celaya probablemente no estaba bromeando.

—Sería la oportunidad perfecta para una represalia. Estarán en un campamento en mitad del monte, ¿no? Entonces por fin podremos usar los subfusiles y fusiles que llevamos meses sacando de zulos. Nadie oirá los disparos. Nadie podrá salvarles. Además, una represalia de este calibre les asustará de verdad. Estaremos bien protegidos durante un tiempo.
—¿Estás zumbado?—dijo Osegi—No podemos hacer eso.
—¿Por qué no? Son nazis, joder. Nazis. ¿Te lo deletreo? Uno de ellos ha asesinado a uno de los nuestros, sus cómplices seguramente también vayan al campamento. Los demás nos asesinarían a cualquiera de nosotros si tuvieran la oportunidad. ¿De verdad tengo que explicarte lo que es un nazi?
—Pero no podemos hacerlo. Se nos va totalmente de las manos. Nunca hemos hecho nada ni remotamente parecido, joder, si apenas nos hemos cargado a tres personas en toda nuestra historia, ¿o tú vas matando a gente por ahí como si nada?
—Yo no quiero participar en esto—intervino González—, pero por un tema de edad. No sé. No me sentiría bien matando a chavales que podrían ser mis nietos, pero entiendo que esto ahora es una guerra. Vosotros, que sois más jóvenes que yo… haced lo que consideréis correcto.
—Tal vez no sea tan mala idea—dijo Chapa—. ¿Qué opinas, jefe?

Hernández permaneció unos segundos en silencio, para tensión de los cinco capos.


—Está bien—dijo finalmente—. Hagámoslo.

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